Cielo Vacío


Osho Qallarixmachu Online

Al igual que el cielo vacío, carece de límites, y no obstante. Está justo aquí, profundo y despejado. Cuando intentas conocerlo no puedes verlo, no puedes aprehenderlo, pero tampoco perderlo.  Al no poder aprehenderlo acabas teniéndolo.  Cuando guardas silencio, él habla; cuando hablas, él permanece en silencio.  La gran puerta está abierta de par en par para repartir ofrendas, y ninguna multitud oculta el camino.

Primero algunas cosas básicas… El zen no es una teología, es una religión.  Una religión sin teología es un fenómeno único.  Todas las demás religiones existen alrededor del concepto de Dios.  Cuentan con teología.  Están centradas en Dios o en el ser humano; pero el ser humano no es el fin, ni tampoco Dios.  Tampoco lo son para el zen.  Para el zen, el hombre es el objetivo, el hombre es el fin en sí mismo.  Dios no es algo que esté por encima de la humanidad, sino que Dios es algo oculto en la humanidad.  El ser humano lleva a Dios en sí mismo como potencial.
          
Por eso en el zen no existe concepto de Dios.  Si lo prefieres, puedes decir que ni siquiera es una religión, porque ¿cómo puede haber alguna religión carente del concepto de Dios?  Por eso, quienes han sido educados como cristianos, musulmanes, hinduistas o judíos no pueden concebir qué clase de religión es el zen.  Si no hay Dios entonces es un ateísmo… pero no lo es.  Es teísta hasta la médula, pero sin un Dios.  Eso es lo primero que hay que comprender.  Deja que vaya penetrando en tu interior, y las cosas se irán aclarando.
           
El zen dice que Dios no es extrínseco a la religión, es intrínseco.  No está allí, sino aquí.  De hecho, para el zen no hay “allí”, sino que todo es aquí.  Dios no es entonces, sino ahora… y no hay otro tiempo.  No hay otro espacio, ni otro tiempo. Este momento lo es todo.  En este momento converge toda la existencia, todo está disponible. Si no puedes verlo, eso no significa que no sea así, simplemente quiere decir que careces de la visión para verlo.  A Dios no hay que buscarlo, sólo tienes que abrir los ojos.  Dios ya es.
         
La oración es irrelevante en el zen.  ¿A quién rezar?  No hay ningún Dios sentado en algún sitio en los cielos y controlando la vida y la existencia.  No hay controlador alguno.  La vida se mueve en una armonía, por sí misma. No hay nadie fuera de ella que le de órdenes.  Cuando existe una autoridad externa se crea una especie de esclavitud. Un cristiano se convierte en esclavo, y lo mismo sucede con los musulmanes.  Cuando Dios está por ahí dando órdenes, como mucho puedes llegar a ser un servidor o un esclavo.  Pierdes toda dignidad.
          
No es ese el caso con el zen.  El zen te proporciona una tremenda dignidad.  No hay ninguna autoridad en ninguna parte.  La libertad es completa y fundamental. Si Friedrich Nietzsche hubiera sabido algo sobre el zen podría haberse convertido en místico en lugar de volverse loco.  Dio con un importante hecho. Dijo: “Dios no existe.  Dios ha muerto… y el hombre es libre”.  Pero básicamente Nietzsche creció en el mundo de los judíos y los cristianos, un mundo de miras muy estrechas, muy confinado y lleno de conceptos.  Tropezó con una gran verdad: “Dios no existe.  
          
Dios ha muerto, y por tanto el hombre es libre”.  Fue a dar con la dignidad de la libertad, pero fue demasiado.  Fue demasiado para su mente.  Se volvió loco, se salió de sus casillas.  Si hubiera sabido algo de zen podría haberse convertido en un místico, no había necesidad de enloquecer. Uno puede ser religioso sin un Dios.  De hecho, ¿cómo se puede ser religioso con un Dios?  Esa es la pregunta que hace el zen, una pregunta muy inquietante.  ¿Cómo puede un ser humano ser religioso teniendo un Dios?  Porque Dios destruirá tu libertad, te dominará.  Puedes buscar en el Antiguo Testamento.  Ahí Dios dice: “Soy un dios muy celoso, y no puedo tolerar ningún otro dios.  Quienes no estén conmigo están contra mí.  
          
Y soy un dios muy violento y cruel, y os castigaré, y seréis arrojados a las llamas eternas del infierno”.  ¿Cómo puede nadie ser religioso con un dios así?  ¿Cómo puedes llegar a ser libre y a florecer?  Sin libertad no hay florecimiento que valga.  ¿Cómo puedes alcanzar tu manifestación óptima cuando hay un dios que te confina, condena, forzándote a hacer las cosas de esta o aquella manera, manipulándote? El zen dice que con Dios, el ser humano es un esclavo; con Dios, el ser humano seguirá siendo un adorador; con Dios el ser humano tendrá miedo.  ¿Cómo puedes florecer si tienes miedo?  Te encogerá, te secarás, empezarás a fenecer.  
          
El zen dice que cuando no hay Dios existe una libertad tremenda, que no hay ninguna autoridad en la existencia. De ahí surge una gran responsabilidad.  Mira… si estás dominado por alguien no te puedes sentir responsable. La autoridad crea irresponsabilidad; la autoridad provoca resistencia; la autoridad crea reacción en tu interior, rebelión… querrás matar a Dios. Eso es lo que Nietzsche quería decir cuando afirmó que Dios ha muerto; no es que Dios se haya suicidado; sino que ha sido asesinado.  Debía serlo.  Con él no era posible la libertad; sólo sin él.  Pero entonces el propio Nietzsche se asustó. 
          
Para vivir sin Dios se necesita mucho coraje, mucha meditación, mucha consciencia… y eso no estaba presente en él.  Por eso digo que dio con el hecho, que tropezó con él, no que lo descubriese. Iba palpando la oscuridad. Para el zen es un descubrimiento.  Es una verdad establecida: no hay Dios. El ser humano es responsable de sí mismo y del mundo en el que vive.  Si existe sufrimiento, entonces eres responsable; no hay nadie más a quien acudir.  No puedes sacudirte tu responsabilidad. Si el mundo es horrible y existe el dolor, entonces nosotros somos los responsables, no hay nadie más.  Si no crecemos no podemos echar la responsabilidad sobre hombros ajenos.  Debemos hacernos responsables.
          
Cuando no hay Dios te ves remitido a ti mismo.  Entonces creces.  Debes crecer.  Debes hacerte cargo de tu vida; debes tomar las riendas en tus manos.  Ahora eres el señor.  Deberás estar más alerta y consciente porque serás responsable de todo aquello que suceda.  Eso da mucha responsabilidad. Uno empieza a estar más alerta, más atento.  Uno empieza a vivir de una manera totalmente distinta.  Uno se torna más observador.  Uno se convierte en testigo. Y cuando no hay más allá… el más allá esta en tu interior.  No hay más allá más allá de ti mismo.  En el cristianismo, el más allá está más allá; en el zen, el más allá está en el interior.  Así que la cuestión no radica en alzar los ojos al cielo y rezar… eso no tiene ningún sentido porque estás rezándole a un cielo vacío.
          
El cielo es de una consciencia mucho más inferior que tú.  Hay quien le reza a los árboles.  Los hinduistas le rezan a un árbol.  Muchos hinduistas van al Ganges y le rezan al río, otros le dedican sus oraciones a una imagen de piedra, muchos rezan al cielo o a un concepto, a una idea. Lo más elevado reza a lo inferior. La oración no tiene sentido, dice el zen.  Sólo la meditación… no es que tengas que arrodillarte ante nadie, sino que debes deshacerte de ese viejo hábito de la esclavitud… todo lo que necesitas es sosegarte y silenciarte e ir hacia tu interior para hallar el centro.  Ese centro es también el centro de la existencia.  
          
Y cuando hayas alcanzado tu núcleo más íntimo habrás llegado al núcleo más íntimo de la propia existencia.  Eso es Dios en el zen.  Pero no llaman Dios.  Y está bien que no lo hagan. Así que lo primero que hay que recordar sobre el zen es que no es una teología, pero sí una religión, aunque también aquí radica una tremenda diferencia. No es una religión como el islam.  El islam tiene tres pilares: un dios, un libro y un profeta. El zen no tiene dios, no tiene libro y no tiene profeta.  Toda la existencia es la profecía de Dios; toda la existencia es su mensaje.  Y recuerda: Dios no está separado de su mensaje. El mensaje en sí mismo es divino.  
          
No hay mensajero… todas esas tonterías están desechadas en el zen. La teología aparece con un libro.  Necesita una Biblia, necesita un Corán.  Necesita un libro que pretenda ser santo, un libro que intenta decir que es especial, que no hay ningún otro libro igual, que es una bendición del cielo, un evangelio. El zen dice que todo es divino, ¿cómo puede haber algo especial?  Todo es especial.  Nada es no especial, y por eso nada puede ser especial.  Cada hoja de cada árbol y cada canto rodado de cada orilla especial, único, santo.  No es que el Corán sea santo, no es que la Biblia sea sagrada.  Cuando un amante escribe una carta a su amada, esa carta es sagrada.
El zen manifiesta la santidad de la vida ordinaria.

Bokoju, un gran maestro zen, solía decir: “¡Qué maravilla!  ¡Qué misterio!  Corto leña y saco agua del pozo”. “¡Qué maravilla!  ¡Qué misterio!”.  Cortar leña, sacar agua del pozo, y dice: “¡Qué misterio!”.  Eso es el espíritu zen. Transforma lo ordinario en extraordinario.  Transforma lo profano en sagrado.  Desecha la división entre el mundo y lo divino.  Por eso digo que no es una teología, sino pura religión. La teología contamina la religión.  No existe diferencia entre un musulmán, un cristiano y un hinduista en lo que respecta a la religión, pero sí en la teología.  Cuentan con teologías distintas.  Y la gente se ha estado peleando a causa de esas teologías.

La religión es una; la teología es múltiple.  Teología significa la filosofía acerca de Dios, la lógica acerca de Dios.  Es un sinsentido porque no hay manera de demostrar a Dios ni de lo contrario.  Los argumentos son simplemente irrelevantes.  Sí, uno puede experimentar, pero no probar, y eso es lo que intenta hacer la teología.  Y no deja de hacer cosas igualmente estúpidas, tratando de cortarlo todo con el patrón de la lógica.  Cuando la miras a cierta distancia no puedes más que reírte, de lo ridícula que es. En la Edad Media, los teólogos cristianos estaban muy preocupados, muy turbados, pasmados ante problemas que a ti no te lo parecerían.  Por ejemplo, ¿cuántos ángeles pueden sostenerse sobre la punta de una aguja?  Se han escrito libros acerca del tema, con argumentos estupendos…

El mulá Nasrudin, que tenía dos periquitos, envió a buscar al veterinario: Mis pájaros me preocupan aseguró.  Hace una semana que no van al aseo. El médico miró el interior de la jaula y preguntó: ¿Pone siempre mapas de la tierra en el fondo de la jaula? No dijo el mulá Nasrudin.  Ese lo puse el sábado pasado, cuando se me acabaron los periódicos. ¡Claro, eso lo explica todo! replicó el veterinario.  Los periquitos son criaturas muy sensibles. ¡Se están aguantando porque imaginan que el planeta Tierra ya ha absorbido toda la mierda que podía!

La teología es una porquería.  Y por su causa las religiones han acabado envenenadas.  Una persona auténticamente religiosa carece de teología.  Sí, tiene la experiencia, la verdad, esa luminosidad especial, pero no teología.  Pero ésta ha sido de gran ayuda para los eruditos y los pundits. para los que se dicen ilustrados. Ha sido muy interesante para los sacerdotes, los papas, para los "shankaracharyas"  Les ha beneficiado mucho; todo su negocio depende de ella.

Pero el zen corta todo eso de raíz.  Destruye todo el asunto de los sacerdotes.  Se trata del negocio más sucio del mundo, porque se apoya en un gran engaño.  El sacerdote no sabe, pero continúa predicando.  El teólogo no sabe, pero continúa pergeñando teorías.  Es tan ignorante como cualquier otra persona, puede que incluso más. Pero su ignorancia ha aprendido a explicarse como si supiese algo.  Su ignorancia está muy decorada, a base de escrituras y teorías, está ornamentada de manera tan artera e inteligente que resulta muy difícil fijarse en el fallo.  La teología no ha sido de ninguna ayuda para la humanidad, pero a los sacerdotes les ha sido de gran utilidad.  Han podido explotar a la humanidad en nombre de estúpidas teorías.

Dos psiquiatras se encuentran en un atestado restaurante y empiezan a hablar, y uno de ellos explica que está tratando un caso muy interesante de esquizofrenia.  El otro contesta: ¿Y eso qué tiene de interesante?  Los casos de persona dividida son bastante comunes, me atrevería a asegurar. Este caso es interesante porque… respondió su colega  ¡Los dos pagan! Así es como han vivido  los  teólogos.   La  teología  es. Pundit: del sánscrito pandita, que significa “docto”, “sabio”, “eurito” (N. del T.) Shankaracharyas: autoridades religiosas, detentadores oficiales del legado de Shankara (siglo XIX), impulsor del advaita vedanta (no dualista).  (N. del T.). Política, y divide a las personas.  Y si puedes dividirlas entonces también puedes controlarlas. 

El zen mira a la humanidad con una visión íntegra, invisible.  Su mirada es total.  Por eso digo que el zen es la religión del futuro.  La humanidad va avanzando lentamente hacia una consciencia que prescindirá de la teología y la religión se aceptará puramente como una experiencia. En japonés hay una palabra especial para designarlo.  Lo llaman konomama o sonomama, ecceidad de la existencia, talidad.  Esta talidad de la vida es Dios.  No es que Dios exista, sino que la misma talidad es divina: la talidad de un árbol, la talidad de una roca, la talidad de un hombre, de una mujer, de un niño.  Y esa talidad es un fenómeno indefinido, indefinible.  Puedes disolverte en ella, puedes fundirte en ella, probarla: “¡Qué maravilla!  ¡Qué misterio!”, pero no puedes definirla, no puedes precisarla lógicamente, no puedes formularla mediante conceptos definidos. 

Los conceptos la matarían.  Dejaría de haber talidad.  Entonces se convertiría en una construcción mental. La palabra “Dios” no es Dios; el concepto “Dios” no es Dios.  Tampoco el concepto “amor” es el amor, ni la palabra “comida” se come.  El zen dice algo muy simple.  Dice que recuerdes que la carta donde aparece el menú no es la comida, y que no empieces a comértela.  Eso es lo que ha estado ocurriendo desde hace siglos: que la gente se está comiendo la carta. Y claro, así les va: están desnutridos, no fluyen, no son vitales, no viven de manera total, es natural… predecible.  No se han alimentado de comida de verdad.  Se han pasado el tiempo hablando de comida y se han olvidado por completo de lo que es.

A Dios hay que comérselo, a Dios hay que probarlo, a Dios hay que vivirlo, y no discutir sobre él.  El proceso de “discutir sobre” es la teología.  Y ese “discutir sobre” no cesa de dar vueltas, y nunca llega a la cosa en sí.  Es un círculo vicioso. La lógica es un círculo vicioso, y el zen realiza todos los esfuerzos posibles para sacarte de ese círculo vicioso.  ¿Y cómo es que la lógica es un círculo vicioso?  La premisa ya implica la conclusión.  La conclusión no será nada nuevo, pues está contenida en la premisa.  Y también en la conclusión tenemos la premisa contenida.

Es como una semilla: el árbol está contenido en la semilla, y luego el árbol dará nacimiento a muchas más semillas, y en esas otras semillas también habrá árboles contenidos.  Es un círculo vicioso: semilla, árbol, semilla… y así.  O bien, el huevo y la gallina, la gallina y el huevo… sin fin, ad infinitum. Es un círculo. De lo que trata el zen es de salir de ese círculo, de no seguir moviendo palabras y conceptos en la mente, sino de caer en la cuenta de la propia existencia.

Un gran maestro zen, Nan-in, se hallaba cortando leña en el bosque.  Y llegó un profesor de universidad a visitarle.  Y claro, el profesor pensó: “Este leñador sabrá dónde vive Nan-in”.  Así que se lo preguntó.  El leñador tomó el hacha en sus manos y dijo:  “Me costó muy cara”.
El profesor no le había preguntado nada sobre el hacha. Lo que hacía era preguntarle dónde vivía Nan-in; le preguntaba si le hallaría en el templo.  Y Nan-in volvió a levantar el hacha y dijo: “Mírela, me costó muy cara”.  

El profesor se sintió un tanto desconcertado, y antes de que pudiera escapar de allí, Nan-in se le acercó y le colocó el hacha en la cabeza.  El profesor empezó a temblar y Na-in dijo: “Tiene muy buen filo”.  ¡Y el profesor salió corriendo! Más tarde, cuando llegó al templo, se enteró de que el leñador era nada más y nada menos que el propio Nan-in.  Entonces le preguntó a uno de los discípulos:

¿Es que se ha vuelto loco?  No aseguró el discípulo.  Usted le ha preguntado si estaba Nan-in y él ha respondido que sí.  Le mostraba su ecceidad, su talidad.  En ese momento era leñador, estaba totalmente absorbido en el filo del hacha.  En ese momento era esa filosidad.  Al ser tan inmediato, al estar tan en el presente, le estaba diciendo: “Soy en ella”.  Lo pasó usted por alto.  Le estaba enseñando la cualidad del zen.

El zen es no conceptual, no intelectual.  Es la única religión del mundo que predica inmediatez, inmediatez momento a momento… estar presente en el momento, ni en el pasado, ni en el futuro. Pero la gente ha vivido entre teologías, y esas teologías les hacen ser infantiles, no les permiten crecer.   No puedes crecer si estás confinado en una teología, siendo cristiano, hinduista, mahometano o incluso budista.  No puedes crecer; no tienes espacio interior suficiente para crecer.  Estás muy confinado, en un espacio muy estrecho; estás prisionero.

Un joven predicador cogió mil dólares de la caja fuerte de la iglesia y los perdió jugando en la bolsa.  A continuación le dejó su hermosa esposa.  Lleno de desesperación fue hacia el río, y estaba a punto de tirarse del puente, cuando le detuvo una mujer que llevaba un abrigo negro, con una cara arrugada y el pelo gris greñoso. No saltes dijo con voz áspera.  Soy una bruja, y te concedo tres deseos, ¡a cambio de que hagas algo por mí! No hay nada que pueda salvarme contestó él. No digas tonterías aseguró ella ¡Alahazam!  El dinero vuelve a estar en la caja de la iglesia.  ¡Alakazam!  Tu esposa está esperándote amorosa en casa.  ¡Alakazam!  ¡Ahora tienes doscientos mil dólares en el banco! ¡Pero qué maravilla!  balbuceó el predicador  ¿Qué tengo que hacer por ti? Pasar la noche haciéndome el amor.

Pensar en dormir con aquella vieja bruja desdentada resultaba repelente, pero valía la pena, así que fueron a un motel cercano.  Por la mañana, una vez pasada la ordalía nocturna, el sacerdote se hallaba vistiéndose para regresar a casa cuando el cardo borriquero que seguía en la cama le preguntó: Dime, cariño, ¿qué edad tienes? ¡Tengo 42 años! contestó él ¿Por qué? ¿No eres una un poco mayor para seguir creyendo en brujas? Eso es lo que pasa.  Si crees en Dios puedes creer en una bruja, forman parte del mismo paquete.  Si puedes creer en cualquier tipo de tontería, acabarás tragándotelas todas.  Pero no llegas a crecer.  Sigues infantiloide.

El zen significa madurez.  El zen significa desechar todos los deseos y ver cuál es la situación. No interpongas tus sueños frente a la realidad.  Límpiate los ojos de sueños, para así poder ver la situación.  Esta talidad se llama konomama o sonomama.  Kono o sonomama significa la talidad de una cosa; la realidad es su talidad.  Todas las ideologías impiden que lo veas. Las ideologías son vendas que te obstruyen la vista.  Un cristiano no puede ver; tampoco puede un hinduista, ni un musulmán.  Porque estáis tan llenos de ideas que sólo veis lo que queréis ver, no hacéis más que ver lo que no está presente, proyectáis, interpretáis, creáis una realidad propia y particular, que no está ahí.  Eso crea una especie de delirio.  Noventa y nueve de cada cien de vuestros pretendidos santos son gente que delira.

El zen proporciona cordura al mundo, cordura total.  Desecha todas las ideologías.  Dice: “Se vacío. Mira sin ninguna idea.  Mira en la naturaleza de las cosas pero sin ninguna idea, prejuicio ni presunción”.  No te preocupes… ese es uno de los fundamentos. Así que hay que abandonar la teología; si no, te mantendrá ocupado. ¿Ves cuál es la cuestión?  Si tienes una idea, existe la posibilidad de que la encuentres en la realidad, porque la mente es muy, muy creativa.  Y claro está, esa creación sólo será una imaginación.  Si estás buscando a Cristo empezarás a tener visiones de Cristo, y todas ellas serán imaginarias.  Si buscas a Krishna empezarás a ver a Krishna, y todas esas visiones serán imaginarias.

El zen es muy realista.  Dice que hay que abandonar la imaginación.  La imaginación proviene del pasado… llevas desde la infancia condicionado por ciertas ideas.  Desde la infancia te han llevado a la iglesia, al templo, a la mezquita; te han llevado al erudito, al pundit, al sacerdote.  Te han forzado a escuchar sermones… han medito en tu mente todo tipo de cosas.  No te aproximes a la realidad con toda esa carga; si no, no acabarás de saber lo que es. Descargar, aligerar.  Ese aligerar es zen. Un ministro evangelista conducía un servicio religioso en un manicomio.  Su discurso se vio súbitamente interrumpido por uno de los internos, que gritaba enloquecido: ¡Me pregunto si tengo que estar escuchando todas estas tonterías! El ministro, sorprendido y confuso, se volvió hacia el guardia y preguntó: ¿Debo dejar de hablar? El guardia respondió: No, no, siga usted, no volverá a ocurrir.  Ese hombre sólo tiene un instante de cordura cada siete años.

Es muy difícil estar cuerdo en un mundo enloquecido. El zen es sencillo pero difícil a la vez. Simple en lo que respecta al zen, es la cosa más simple del mundo, la más simple porque es espontánea, pero muy difícil a causa de nuestras mentes condicionadas, a causa del mundo enloquecido en que vivimos, en que nos han criado, y que nos ha corrompido. La segunda cosa es que el zen no es una filosofía, sino poesía.  No propone, sino que simplemente persuade. No discute, simplemente canta su propia canción.  Es estético hasta la médula, y para nada ascético.  No cree en ser arrogante o agresivo hacia la realidad, sino en el amor.  Cree que si participamos con la realidad, ésta nos revelará sus secretos.  Crea una consciencia participativa.  Es poesía, es pura poesía… igual que es pura religión.

Al zen le interesa muchísimo la belleza.  Está menos preocupado con la verdad, pero muy interesado por la belleza.  ¿Por qué?  Porque la verdad es un símbolo áspero.  No sólo es seca en sí misma, sino que las personas que se interesan demasiado por ella también acaban “secándose”.  Empiezan a morir. Sus corazones se encogen, sus fluidos dejan de fluir.  Se quedan sin amor, se tornan violentos, y empiezan a ser cada vez más en la cabeza. Y el zen no es una cosa de la cabeza, sino total.  No es que niegue la cabeza, sino que le otorga el lugar que le corresponde, no un estatus dominante.  

Debe funcionar con la totalidad… Las agallas son tan importantes como la cabeza, los pies son tan importantes como la cabeza, el corazón es tan importante como la cabeza.  La totalidad debe funcionar como un organismo; ninguna parte debe ser dominada. La filosofía está orientada hacia la cabeza; la poesía es más total. La poesía fluye más.  La poesía se ocupa más de la belleza. Y la belleza es no violencia, amor, y compasión.  El buscador zen mira en la realidad para hallar lo bello… en el canto de los pájaros, en los árboles, en la danza de un pavo real, en las nubes, en los relámpagos, en el mar, en la arena. Intenta buscar la hermosura.

Y claro está, buscar la hermosura tiene un impacto completamente distinto.  Cuando buscas la verdad eres más masculino; cuando buscas belleza eres más femenino.  Cuando buscas la verdad estás más preocupado por la razón; cuando buscas la belleza estás cada vez más interesado por la intuición.  El zen es femenino, la poesía es femenina.  La filosofía es algo muy masculino, muy agresivo; es una mente masculina. El zen es pasivo.  Por eso, en el zen sentarse se convierte en una de las meditaciones más importantes.   Sólo sentarse… zazen.  La gente zen dice que si simplemente te sientas, sin hacer nada, empiezan a suceder cosas.  Las cosas empiezan a ocurrir por sí mismas; no necesitas ir tras ellas, ni ellas buscarte a ti, ni tú a ellas.  Llegan por sí mismas.  

Tú simplemente permaneces sentado. Si puedes sentarte en silencio, si puedes caer en una tremenda quietud, si puedes relajarte, si puedes abandonar todas las tensiones y convertirte en un estanque silencioso de energía, sin ir a ninguna parte, sin buscar nada, Dios empieza a verterse en ti.  Dios viene a ti desde todas partes.  Sólo sentado, sin hacer nada, llega la primavera, y la hierba crece por sí misma. Y recuerda, cuando el zen dice “solo sentarse”, quiere decir sólo sentarse, nada más, ni siquiera un mantra.  Si repites un mantra entonces no estás sólo sentado, estás otra vez implicado en tonterías, dándole vueltas a algo mental.  En cambio, si no haces nada de nada… Los pensamientos llegan y llegan, y luego se van…  Si llegan, bien; si no llegan, bien. No te implicas en lo que sucede, estás simplemente sentado.  Si te sientas cansado, te rindes.  Si te sientes que las piernas se tensan, entonces estíralas.  Permanece natural.  Ni siquiera observes.  No hagas esfuerzo alguno, de ningún tipo.  

Eso es lo que quiere decir cuando dicen “sólo sentarse”.  Sucede sólo sentándose. El zen es el enfoque femenino, y la religión es básicamente femenina.  La ciencia es masculina, la filosofía es masculina… la religión es femenina.  Todo lo que tiene el mundo es hermoso poesía, pintura, danza, proviene de la mente femenina.  No tiene por qué venir de las mujeres, porque las mujeres todavía no son libres para crear.  Pero ya les llegará.  Cuando el zen vaya cobrando importancia en el mundo, la mente femenina experimentará un gran despliegue, una enorme explosión.  Las cosas se mueven al unísono. El pasado ha estado dominado por lo masculino, de ahí el islam, el cristianismo y el hinduismo.  El futuro va a ser más femenino, más suave, más pasivo, más relajado, más estético, más poético.  Y en esa atmósfera poética el zen se convertirá en la cosa más significativa del mundo.

La filosofía es lógica; la poesía es amor.  La filosofía disecciona, analiza; la poesía es revitalizadora. El análisis es el método de la filosofía, y el de la ciencia, y el de los psicoanalistas.  Más tarde o más temprano, el psicoanálisis será reemplazado por la psicosíntesis, más profunda.  Assagioli tiene mucha más razón que Sigmond Freud, porque la síntesis está  más cerca de la verdad.  El mundo es uno.  Es una unidad.  Nada está separado.  Todo palpita a la vez.  Estamos unidos a otros, interconectados. La vida entera es una red.  Incluso la hojita más diminuta de uno de los árboles que rodea este auditorio está conectada con la más lejana de las estrellas.  Si algo le sucede a esta hoja, entonces algo le acabará pasando a esa estrella distante.  Todo es junto… es unidad.  La existencia es una familia. El zen dice que no disecciones, que no analices.

Un granjero, que era testigo en un caso del ferrocarril allí en Vermont, le pidieron que explicase a su manera cómo había sucedido el accidente. “Bueno, pues Jake y yo íbamos caminando por la vía cuando escuché un pitido, así que salí de ella y pasó el tren, y me volví a meter en la vía, pero ya no vi a Jake.  Así que caminé un poco y no tardé en encontrar el gorro de Jake, y seguí andando y vi un de las piernas de Jake, y luego uno de sus brazos, y luego otra pierna, y por allí, a un lado, la cabeza de Jake.  Así que me dije: “¡Carajo!  ¡Algo le ha pasado a Jake!”. En lo que le ha ocurrido a la humanidad… algo le ha sucedido.  Al ser humano le han despedazado.  Ahora hay especialistas: los hay que se ocupan de los ojos, otros del corazón, y algunos más de la cabeza, e incluso de otras cosas. Así que el hombre está dividido. El zen dice que el hombre es un organismo integral.

En la ciencia moderna se está imponiendo un nuevo concepto; lo denominan sinergia. Buckminster Fuller ha definido la sinergia como la característica de un sistema completo, un organismo. Un organismo tiene algo que no es sólo la suma total de sus partes… y se llama sinérgico: es decir, más que la simple suma de sus partes. Cuando estas partes están unidas en un todo operativo, funcionando perfectamente, aparece un dividendo sinérgico, el “tictac”. Si abres un reloj y separas todos sus componentes, desaparece el tictac. Unes las partes de nuevo y el tictac vuelve a aparecer. El tictac es algo nuevo; ninguna parte puede responsabilizarse de él; no pertenece a ningún componente en especial.  

El todo es el que hace tictac. Este “tictac” es el alma.  Si me cortas la mano, si me cortas la pierna, si me cortas la cabeza, el tictac desaparece.  El tictac es el alma.  Pero sólo permanece en una unidad orgánica. “Dios” es el tictac de toda esta existencia. Diseccionando no puede hallar a Dios; a Dios sólo se le puede encontrar en una visión de unidad poética. Dios es una experiencia sinérgica.  La ciencia no puede revelarlo, ni tampoco la filosofía. Sólo puede hacerlo un enfoque poético, muy pasivo, muy amoroso. 

Cuando caes en la cuenta de tu relación con la existencia, cuando dejas de estar separado como buscador, cuando dejas de estar separado como observador, cuando dejas de observar, cuando te pierdes en ello, del todo, entonces allí, en el fondo está… el tictac. La tercera cuestión es que el zen no es ciencia, sino magia.  Pero no es la magia de los magos, es la magia de una manera de ver la vida. La ciencia es intelectual.  Es un esfuerzo por destruir el misterio de la vida.  Aniquila la maravilla.  Está contra lo milagroso.  El zen está totalmente a favor de lo milagroso, de lo misterioso. El misterio de la vida no debe resolverse porque no puede ser resuelto.  Debe ser vivido. Uno debe subirse a él, amarlo.  Que la vida sea un misterio es una gran alegría. Y algo que debe celebrarse.  El zen es magia.  Te da la llave para abrir lo milagroso.  Y lo milagroso está en ti, y la llave también está en ti.

Cuando vas a ver a un maestro zen, él sólo te ayuda a estar silencioso, de manera que puedes hallar tu propia llave, que llevas encima desde hace mucho tiempo.  Y así hallarás tu puerta que está ahí, y podrás penetrar en tu santuario más íntimo. Y el último punto fundamental acerca del zen: el zen no es moralidad, sino estética.  No impone un código moral, no te da ningún mandamiento tipo “haz esto o no hagas lo otro”.  Simplemente te hace más sensible a la belleza, y esa sensibilidad se convierte en tu moral.  Pero a continuación se alza más allá de ti, fuera de tu conciencia.  

El zen no te proporciona ninguna conciencia, ni está contra ninguna; simplemente te proporciona “más conciencia” se torna tu conciencia.  No hay ningún Moisés que te dé mandamientos, ni viene de la Biblia, el Corán o los Vedas… no viene de fuera.  Viene de tu centro más íntimo. Y cuando proviene de ahí, no es esclavitud, sino libertad.  Cuando proviene de ahí, no es lago que haya que cumplir como un deber, de mala gana.  Disfrutas haciéndolo. Se convierte en tu amor. Esos son los fundamentos. Y ahora este profundo sutra:

Al igual que el cielo vacío, carece de límites. Y no obstante está justo aquí, profundo y despejado. Poned a “Dios” después de “vacío”, y antes de “está” y comprenderéis de inmediato, pero la gente zen no utiliza la palabra “Dios”, sino que hablan de “ello”. Al igual que el cielo vacío, carece de límites, Y no obstante está justo aquí, profundo y despejado. Si empiezas a buscar por el cielo, nunca lo hallarás.  Si empiezas a buscar y te lo tomas muy en serio, nunca encontrarás el cielo. ¿Dónde lo hallarás?  El cielo no está en algún sitio, está en todas partes… y lo que está en todas partes no puede buscarse.  No se puede localizar; no puedes decir que está en el norte, ni en el sur; no puedes decir que está ahí… porque está en todas partes.  Lo que está en todas partes no puede encontrarse en algún sitio.  ¿Dónde buscarás?  Empezarás a dar vueltas por el cielo, de aquí para allá.  
Y todo es cielo.  Dios es como el cielo, como el cielo vacío.  Carece de límites, así que no puede ser definido.  No puedes decir dónde comienza y dónde acaba.  Es extremo, infinito… y no obstante, está justo aquí, justo enfrente de ti.  Si estás relajado, ahí está; si estás tenso, desaparece. Un maestro zen solía decir: “Está claro, así que es difícil de ver.  Había una vez un tonto que buscaba una hoguera con un farol encendido.  Si hubiera sabido lo que era el fuego, hubiera podido prepararse mucho antes el arroz”. Ahora estás buscando un fuego con un farol encendido, y resulta que ya llevas ese fuego en las manos desde siempre.  Sí, el maestro zen tenía razón: si hubieras sabido lo que era el fuego, podrías haberte preparado mucho antes el arroz.  Y tienes hambre, hace siglos que tienes hambre, llevas teniendo hambre toda la eternidad.  Y has estado buscando fuego con un farol encendido en la mano.

La gente va por ahí preguntando que dónde está Dios, y lo tienen justo enfrente.  Os rodea. Está dentro y fuera porque sólo él es.  Pero la gente zen lo llama “ello” o “eso”, o no lo nombra de manera que no se quedan atrapados en la palabra “Dios”. Cuando intentas conocerlo, no puedes verlo. ¿Por qué?  Porque cuando quieres conocerlo, tú propio querer se convierte en algo tenso. Te estrechas, te concentras.  Cuando intentas conocerlo no puedes verlo.  Lo pierdes, porque sólo puede ser visto cuando se está completamente relacionado, totalmente abierto, cuando no se está concentrado. Escucha.  Por lo general, la gente que no sabe qué es la meditación escribe que la meditación es concentración.  

Existen miles de libros en los que hallarás esa afirmación, esa estupidez, que la meditación es concentración.  Pero la meditación no es concentración… Es lo último que la meditación puede ser.  De hecho, concentración es justo lo contrario.  En la concentración se está tenso, centrado, buscando algo.  Sí, la concentración está muy bien cuando buscas cosas diminutas. Si lo que buscas es una hormiga, entonces la concentración es estupenda… pero no para buscar a Dios.  

Dios es tan vasto, tan tremendamente vasto…  Si buscas mediante la concentración, encontrarás una hormiga, pero no a Dios.  Para Dios deberás estar totalmente abierto, inconcentrado, abierto por todas partes, sin buscar, sin mirar.  Una consciencia desenfocada, eso es la meditación… consciencia sin enfoque. Si enciendes una lamparita, la luz está sin enfocar, se desparrama en todas las direcciones.  No va a ninguna parte, está simplemente ahí, cayendo en todas las direcciones. Todas las direcciones se llenan de ella.  

Luego está la linterna.  Una linterna es como la concentración; está enfocada.  Cuando quieres buscar a Dios, la linterna no te sirve, pero la lamparita sí.  Si lo que buscas es una hormiga, entonces fenomenal; si buscas una rata, fantástico, la linterna te servirá.  Para lo pequeño hace falta una consciencia enfocada. En ciencia, la concentración es perfectamente correcta. La ciencia no puede existir sin concentración… busca lo pequeño, y más pequeño, y cada vez más pequeño… busca la molécula, y luego el átomo y a continuación el electrón y más tarde el neutrón.  Busca y busca lo pequeño.  Así que la ciencia cada vez se concentra más y más, se enfoca.

La religión es justo lo contrario: desenfocada, “enfocada”, amplia, abierta en todas las direcciones, a todos los vientos.  Con todas las puertas y ventanas abiertas.  Abajo los muros, uno es simplemente una apertura. Cuando intentas conocerlo, no puedes verlo. Así que el mismo esfuerzo por tratar de verlo, el propio deseo de verlo, se convierte en un obstáculo.  No busques a Dios.  No busques la verdad.  En lugar de ello, crea la situación de desenfoque y Dios vendrá a ti… vendrá a ti.  Está ahí.

Hay una anécdota muy famosa acerca de una de las mujeres más extrañas del mundo, Rabiya. A Rabiya la acompañaba un místico sufi.  Se llamaba Hassan.  Este hombre debía haber escuchado la frase de Jesús “Llama y se te abrirá.  Pídelo y se te dará.  Busca y lo hallarás”.  Así que cada día, en sus oraciones matinales, en las de la tarde, las vespertinas, las nocturnas los musulmanes rezan cinco veces al día, le decía a Dios: “Estoy llamando muchísimo.  ¿Por qué no se ha abierto todavía?  Me estoy rompiendo la cabeza contra tu puerta.  Señor.  Ábrela”. Un día, Rabiya le escuchó.  

Y también un segundo día.  Y un tercero. Luego le dijo: “¿Cuándo mirarás Asan?  La puerta está abierta.  No dices más que tonterías: “Estoy llamando, estoy llamando”, y la puerta lleva abierta desde siempre.  ¡Mira!  Pero estás demasiado ocupado con tu llamar y preguntando, deseando y buscando, y no puedes verlo.  La puerta está abierta”. Rabiya tiene muchísima más razón que Jesucristo.  La frase de Jesucristo pertenece a un plano inferior.  Está bien para el nivel de guardería, para aquellos que todavía no empezaron a buscar.  Para ellos hay que decir: “Busca, mira, llama”.  Y hay que ofrecerles una garantía; sino, no buscarán.  Una garantía que diga: “Llama y se te abrirá. Pídelo y se te dará”.

Lo que dice Rabiya es puro zen: “Mira, tonto, la puerta lleva abierta desde siempre.  Y al pedir y gritar ¡no has conseguido más que cerrar los ojos!  Sólo tienes que abrir los ojos.  La puerta siempre ha estado abierta”. Dios siempre ha estado disponible.  Dios está incondicionalmente disponible. Cuando intentas conocerlo, no puedes verlo, no puedes aprehenderlo, pero tampoco perderlo. Fíjate en la belleza de esa frase: No puedes aprehenderlo.  Si quieres poseer a Dios, te será imposible. A Dios no se le puede poseer.  Todo lo que es grande no puede ser poseído, y eso precisamente es una de las tonterías más grandes que sigue haciendo el ser humano. Queremos poseer.  Te enamoras y entonces quieres poseer, y al hacerlo destruyes el amor.  El amor es la cualidad de Dios.

Jesús lo dijo de manera muy exacta: “Dios es amor”.  Si realmente quieres estar enamorado de Dios, no intentes poseerlo. Al poseerlo lo matas, lo envenenas.  Eres tan pequeño… y el amor tan grande… ¿Cómo podrías poseerlo?  Lo pequeño no puede poseer a lo más grande. Es muy sencillo pero muy difícil de comprender. Cuando amamos a alguien queremos poseer el amor, queremos poseer al ser amado, al amante.  Queremos dominar por completo porque antes de que alguien se lo lleve.  Dejará de estar ahí. En el momento en que empiezas a pensar en poseer, lo has matado.  Ahora será algo muerto, un cadáver. La vida habrá desaparecido. La vida no puede poseerse porque es Dios.

Hay veces en que vez una flor hermosa una rosa en un arbusto e inmediatamente la arrancas de él.  La quieres poseer.  ¡Pero la has matado!  Ahora, sí, te la pondrás en el ojal, pero estará muerta, será un cadáver.  Ha dejado de ser hermosa.  ¿Cómo puede ser hermosa si está muerta?  Es sólo un recuerdo que va desvaneciéndose.  Estaba tan viva cuando se hallaba en el arbusto…  Era tan joven y tan feliz, y había tanta vida en ella, que hasta era pura música. Pero lo has matado todo.  Y ahora llevas una flor muerta en el ojal. Y lo mismo hacemos con todo.  Tanto si es belleza, como amor, o Dios. Todo lo queremos poseer. No puedes aprehenderlo recuerda, pero tampoco perderlo. Qué hermoso. Sí, no puedes poseerlo, pero tampoco hay manera de que lo pierdas.  Está ahí.  Siempre está ahí.  Si permaneces en silencio empezarás a sentirlo.  Debes sintonizar con ello.  

Para poder escucharlo debes guardar silencio.  Debes permanecer en silencio para que la danza de Dios pueda penetrar en ti.  Debes abandonar tu ajetreo, tu prisa, tus ideas de ir aquí y allá, de llegar, de convertirte, de ser esto o lo otro.  Debes dejar de devenir.  Y ahí estará; no puedes perderlo. Al no poder aprehenderlo acabas teniéndolo. En el momento en que comprendes que no puedes poseerlo, y abandonas tu posesividad, ahí está… lo habrás conseguido.  En el momento en que comprendas que el amor no puede poseerse, surgirá en ti una gran comprensión y lo tendrás, y será para siempre.  No podrás agotarlo. Pero sólo lo tendrás cuando hayas comprendido la cuestión de que no puede poseerse, de que no hay manera de conseguirlo. 

Y esa es la paradoja zen; el zen es el camino de la paradoja. Dice que si quieres poseer a Dios, por favor, no lo hagas… y lo poseerás.  Si quieres poseer el amor, no lo poseas, y ahí estará, tuyo para siempre.  No puedes perderlo; no es posible perderlo. Cuando guardas silencio, él habla; cuando hablas, él permanece en silencio. No podéis hablar ambos a la vez.  Martin Buber ha convertido la palabra “diálogo” en algo muy importante en el mundo occidental.  La suya ha sido una gran revelación, pero no está a la altura del zen.  Martin Buber dice que la oración es un diálogo.  En dicho diálogo le hablas a Dios, y Dios te habla a ti.  Un diálogo ha de contar con dos partes.  Y claro está, un diálogo es una relación “yo-tú”.  Es una relación, estás en relación.

El zen dice que eso no es posible.  Si hablas, Dios permanece en silencio.  Cuando hablas y provocas ruido en la cabeza, él desparece… porque su voz es tan calma y pequeña, tan silente, que sólo puede escucharse cuando guardas un profundo silencio.  No es un diálogo, sino una escucha pasiva. O tú hablas y Dios no está, o bien habla Dios y eres tú el que no está.  Si te disuelves, si desapareces, entonces le escuchas.  Entonces él habla desde todas partes en cada trino de cada pájaro y en cada murmullo de todos los arroyos, y en el viento al acariciar cada pino.  Está en todas partes… pero tú estás en silencio.

Cuando guardas silencio, él habla; cuando hablas, él permanece en silencio. La gran puerta está abierta de par en par para repartir ofrendas, y ninguna multitud oculta el camino. No hay competencia, nadie bloquea tu camino, no hay competidores.  No necesitas tener prisa. No necesitas realizar ningún esfuerzo. No hay nadie compitiendo contigo, ni nadie se interpone en tu camino… sólo está Dios, sólo Dios.  Puedes relajarte.  No tienes por qué pensar que lo perderás.  No puedes perderlo en la propia naturaleza de las cosas.  No puedes perderlo. Relájate.

Todas esas frases no son más que una ayuda para que te relajes.  A Dios no se le puede perder… así que relájate. No hay nadie bloqueándote el paso… así que relájate.  No hay prisa porque Dios no es una cosa en el tiempo… relájate.  No hay ningún sitio al que ir porque Dios no está en una estrella lejana… relájate.  No puedes pasarlo por alto en la propia naturaleza de las cosas… así que relájate. El mensaje de esas frases paradójicas es… relájate.  Puede condensarse en una sola cosa: relájate.  Si te relajas, llega.  Si te relajas, está ahí. Si te relajas, empiezas a vibrar con ello.

Eso es lo que el zen llama satori.  Una relajación total de tu ser, un estado de consciencia donde no hay más devenir; cuando dejas de estar orientado hacia los resultados, cuando ya no vas a ninguna parte.  Cuando no existe objetivo, cuando han desaparecido todos los objetivos y se han dejado atrás todos los propósitos; cuando eres, cuando simplemente eres… en ese momento de talidad te disuelves en la totalidad y surge un nuevo “tictac” que nunca había estado presente.  Ese tictac se llama satori, samadhi, iluminación.

Puede suceder en cualquier situación, siempre que sintonices con el todo. Una última cosa: el zen no es serio. Cuenta con un tremendo sentido del humor.  Ninguna otra religión ha evolucionado tanto como para tener ese sentido del humor. El zen tiene algo de carcajada, es festivo. El espíritu del zen es de celebración. Las demás religiones son muy serias, como si llegar a Dios fuese algo muy pesado. Como si alguien les fuese a quitar a Dios, como si Dios intentase ocultarse; como si Dios crease obstáculos a sabiendas, de manera deliberada.  Como si hubiese una gran competencia y no hubiese suficiente Dios para todos, como si Dios fuese dinero y no hubiese bastante para repartir.  

Si no lo pillas de inmediato, antes que otros, esos otros te lo quitarán.  Todos son gente muy seria, con una orientación monetarista y de resultados, pero no gente religiosa. Dios es grande, enorme.  Es la totalidad de la existencia, así que ¿quién puede agotarla?  No hace falta tener miedo de que alguien se haga con él antes que tú y que cuando tú llegues ya no quede nada. No se trata de una pelea, de una competición.  Y además, hay un tiempo eterno disponible.  No tengas prisa y no te pongas serio. Las caras largas no son auténticos rostros religiosos.  Están simplemente diciendo que no lo han comprendido, si no se reirían.  La risa es consustancial al zen, y por ello digo que por el momento es la religión más elevada.  No convierte la vida en algo feo, no te incapacita; te hace bailar, te hace disfrutar.

Llevaron a un niño a visitar por primera vez el famoso Museo de Cera de Madame Tussaud. La visita le deprimió enormemente.  Así que su madre intentó animarle: Verás, cariño, todos esos hombres y mujeres son personas famosas que vivieron hace mucho tiempo.  Ahora están todos muertos. El humor del chiquillo se ensombreció todavía más: ¡Así que esto es el cielo! Ese es el peligro.  Si vas a parar a un cielo cristiano te hallarás en algo parecido.  No tienes más que pensar en la horrible pesadilla que sería vivir con santos cristianos. Alguien le preguntó una vez a un maestro zen por qué no había santos en la tierra.  Se rió y dijo: “Están bien en el cielo porque es muy difícil vivir con ellos. Tenemos suerte de que no estén aquí en la tierra.  Déjalos que continúen allí”.

Sí está bien.  Imagina lo que puede ser vivir con un santo… ¡Acabarás suicidándote! El zen aporta carcajadas y una nueva brisa a la religión.  El zen es graciosamente religioso.  Es un enfoque totalmente distinto, más saludable, más natural. Éstas son las cosas fundamentales acerca del zen. Puede que lo haya explicado con demasiada rapidez… Escucha la siguiente historia:

Pop Gabardine, entrenador de un equipo de fútbol americano del medio oeste estadounidense, había visto perder a su equipo ocho sábados seguidos, y en la última ocasión por un humillante 52-0.  En la concentración del equipo del lunes siguiente.  Pop dijo con amargura: “Es el último partido de la temporada, así que más vale que os olvidéis de los últimos trucos que intenté enseñaros, sois unos tarugos.  Repasemos lo básico otra vez. Vamos a ver.  Lección número uno: este objeto que sostengo se conoce como “pelota de fútbol”.  

Lección número dos:…”.Llegados a ese punto, el entrenados Gabardina fue interrumpido por un preocupado defensa que se halaba sentado en la primera fila, que le rogó: “Eh, Pop, no tan rápido”. He ido muy deprisa pero espero que no seáis unos tarugos.  Confío en vuestra inteligencia.
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Acerca de Elmer Escobedo

Sólo un ciego puede definir fácilmente qué es la luz. Cuando no sabes, eres atrevido. La ignorancia siempre es atrevida; el conocimiento duda. Y cuanto más sabes, más sientes que se disuelve el suelo bajo tus pies.

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