Las etapas naturales de la vida y del amor

Osho Qallarixmachu
ALGUNAS PERSONAS ME HAN PREGUNTADO cuál es la manera adecuada de proporcionarle al niño un entorno de cariño que pueda ayudarle a crecer sin interferir en su potencial natural. Cualquier forma de ayudar a un niño es errónea. La idea de ayudar es de por sí incorrecta. El niño necesita tu amor, no tu ayuda. El niño necesita alimento, apoyo, pero no tu ayuda. Se desconoce el potencial natural del niño, así que no hay forma de ayudarle correctamente a alcanzarlo. No puedes ayudarle si no conoces el objetivo; lo único que puedes hacer es no interferir. Con la excusa de “ayudar” todo el mundo interfiere en la vida de los demás; pero como es una palabra muy bonita, nadie se opone. Evidentemente, el niño es demasiado pequeño, depende demasiado de ti para poder oponerse.

Todas las personas que te rodean son exactamente como tú: a ellas también las han ayudado sus padres de la misma manera que te han ayudado a ti. Ni ellos ni tú habéis alcanzado vuestro potencial natural. Nadie en el mundo lo está consiguiendo a pesar de la ayuda de los padres, de la familia, de los conocidos, de los vecinos, de los profesores, de los sacerdotes. De hecho, todos están tan abrumados por la ayuda que, ¡cómo van a conseguir desarrollar su potencial natural bajo tal peso, ni siquiera podrán conseguir el potencial artificial! No pueden moverse; cada uno lleva un peso descomunal sobre sus hombros.

A todas las personas que te rodean las han ayudado, las han ayudado mucho a ser lo que son. A ti te han ayudado, y ¿ahora tú también quieres ayudar a tus hijos? Lo único que puedes hacer es amarlos, alimentarlos. Ser cariñoso, aceptarlos. El niño posee un potencial desconocido, y no hay forma de llegar a imaginar qué será. Así que no sirve de nada aconsejar: “Deberías ayudar al niño de esta manera”. Cada niño es único, así que no puede existir una norma general para todos los niños.

Lo mejor que puedes hacer es no ayudar al niño en absoluto. Si realmente eres valiente, por favor, no lo ayudes. Ámalo, aliméntalo. Deja que haga lo que quiera. Deja que vaya donde quiera. Tu mente estará tentada una y otra vez de interferir, y hallará buenas excusas. La mente es muy astuta cuando se trata de racionalizar: “Si no interfieres puede correr peligro; puede que el niño caiga en un pozo si no se lo impides”. Pero yo te digo que es mejor dejar que el niño se caiga en el pozo que ayudarlo y destruirlo.

Hay muy pocas posibilidades de que el niño se caiga en el pozo, y aunque ocurra, no significa que vaya a morir; se le puede sacar de ahí. Y si realmente tanto te preocupa, puedes tapar el pozo pero no ayudes al niño, y no interfieras. Se puede cegar el pozo, pero no interfieras en lo que haga el niño. Tu verdadera preocupación debe ser eliminar todos los peligros pero no interfieras en lo que haga el niño; deja que siga su camino. Tendrás que entender algunos patrones importantes de crecimiento. La vida está formada por ciclos de siete años, transcurre en ciclos de siete años, al igual que la Tierra tarda veinticuatro horas en dar una vuelta completa sobre su eje.

Nadie sabe por qué no tarda veinticinco horas, por qué no veintitrés. No hay manera de responder a esto; sencillamente, es un hecho. Así que no me preguntes por qué la vida transcurre en ciclos de siete años. No lo sé. Lo único que sé es que es así, y si comprendes esos ciclos, comprenderás gran parte del crecimiento del ser humano. Los primeros siete años son los más importantes porque en ellos se establece el fundamento de la vida. Por eso a todas las religiones les interesa captar a los niños lo antes posible. Esos primeros siete años son aquellos en los que te condicionan, en los que te atiborran con todo tipo de ideas que te obsesionarán durante toda tu vida, que te distraerán de tus posibilidades, que te corromperán, en los que nunca te permitirán ver claramente. Aparecerán continuamente como nubes ante tus ojos y harán que lo veas todo borroso.

Las cosas son claras, muy claras la existencia es absolutamente clara pero tus ojos han acumulado capas y capas de polvo. Todo ese polvo se ha acumulado en los primeros siete años de tu vida, durante los cuales eras tan inocente, tan confiado, que aceptabas todo aquello que te decían como verdadero. Posteriormente será muy difícil desenterrar todo lo que forma parte de tus cimientos; se ha convertido en parte de tu sangre, de tus huesos, de tu misma médula. Te cuestionarás otras mil cosas pero nunca te cuestionarás los cimientos básicos de tu fe.

La primera manifestación de amor hacia el niño consiste en que durante estos siete primeros años sea completamente inocente, no esté condicionado, permitir que durante siete años sea un completo salvaje, un pagano. No se le debería convertir al hinduismo, ni al islamismo, ni al cristianismo. Todo aquel que intenta convertir a un niño a una religión no es compasivo, es cruel: está contaminando el alma de un nuevo recién llegado. Antes de que el niño haya planteado una sola pregunta ya se le ha contestado con filosofías, dogmas, e ideologías ya establecidas. Es una situación muy extraña.

El niño no ha preguntado por Dios pero tú no haces más que enseñarle cosas acerca de Dios. ¿A qué viene tanta impaciencia? ¡Espera! Si un día el niño muestra interés en Dios y empieza a preguntar, intenta no hablarle únicamente de tu idea de Dios porque nadie tiene el monopolio. Exponle todas las ideas de Dios que las distintas épocas, religiones, culturas y civilizaciones han ofrecido a las personas. Exponle todas las ideas sobre Dios y dile: “Puedes escoger aquella que más te atraiga. O, si ninguna de ellas te convence, puedes inventarte una propia.

Si opinas que todas tienen defectos, y crees que puedes tener una idea mejor, entonces, invéntate una propia. Pero si piensas que no hay forma de inventar una idea que no tenga lagunas, entonces, olvídalo; no hace falta”. Una persona puede vivir sin Dios. Hay millones de personas que han vivido sin Dios, así que no es algo que una persona necesite inevitablemente. Puedes decirle al niño: “Sí, yo tengo mi propia idea, que es una combinación de todas ellas. Puedes elegirla tú también, pero no estoy diciendo que mi idea sea la correcta. A mí me atrae pero puede que a ti no te atraiga”.

No hay una necesidad profunda de que el hijo esté de acuerdo con el padre, o de que la hija tenga que estar de acuerdo con la madre. En realidad, es mucho mejor que los hijos no estén de acuerdo con los padres. Así es como se evoluciona. Si todos los niños estuvieran de acuerdo con los padres no habría evolución, porque cada nuevo padre estaría de acuerdo con el suyo propio, y nos habríamos quedado donde Dios dejó a Adán y Eva: desnudos, a las puertas del Jardín del Edén. Estaríamos todos estancados allí. El ser humano ha evolucionado gracias a que los hijos y las hijas no han estado de acuerdo con sus padres, con su tradición.

Toda la evolución se fundamenta en un absoluto desacuerdo con el pasado. Y cuanto más inteligente seas más en desacuerdo estarás. Sin embargo, los padres aplauden al hijo que está de acuerdo y critican al que está en desacuerdo. Si un niño logra llegar a los siete años inocente y no corrompido por las ideas de los demás, después resultará imposible evitar su potencial de crecimiento. Los siete primeros años del niño son los más vulnerables.

Están en manos de los padres, de los profesores y de los sacerdotes. Salvar a los niños de los padres, los sacerdotes y los profesores es una cuestión tan importante que parece casi imposible descubrir cómo hacerlo. No se trata de ayudar al niño. Se trata de protegerlo. Si tienes un hijo, protégelo de ti mismo. Protégelo de las demás personas que puedan influir en él; al menos hasta que tenga siete años, protégelo. El niño es como una pequeña planta, débil, tierna; un viento fuerte puede destruirlo, cualquier animal puede comérselo. Puedes poner una valla protectora a su alrededor, porque eso no supondrá aprisionarlo, solo estás protegiéndolo. Cuando la planta haya crecido, ya quitarás la valla.

Protege al niño de todo tipo de influencias para que pueda seguir siendo él mismo; solo son siete años, ya que entonces se completará el primer ciclo. Cuando tenga más o menos esa edad ya estará arraigado, centrado, ya será lo suficientemente fuerte. No sabes lo fuerte que puede ser un niño de siete años porque no has visto niños que se hayan librado de la corrupción; solo has visto niños corrompidos. Cargan con los miedos y la cobardía de sus padres, sus madres, sus familias. No son ellos mismos.

Si un niño permanece indemne durante siete años, cuando lo veas te sorprenderás. Será tan afilado como una espada. Sus ojos serán nítidos, su enfoque será transparente. Y verás una gran fuerza en él que no podrás encontrar ni siquiera en un adulto de setenta años, ya que en ese adulto los cimientos se tambalean. Si los cimientos son débiles, a medida que se vaya alzando el edificio, cada vez se tambalearán más. Por ello, observarás que cuanto más mayor es una persona, más miedo tiene. Puede que de joven seas ateo, pero cuando te hagas mayor empezarás a creer en Dios. ¿Por qué? Cuando tenías menos de treinta años eras un hippy.

Tenías el valor de enfrentarte a la sociedad, de actuar a tu manera; de llevar pelo largo y tener barba, de vagar por todo el mundo y correr todo tipo de riesgos. Sin embargo, cuando llegues a los cuarenta todo eso desaparecerá. Trabajarás en una oficina, vestido con traje, bien afeitado, bien arreglado. Nadie será capaz de adivinar que habías sido un hippy.

Dónde se han metido todos los hippies? Al principio, tienen mucha fuerza, pero después se convierten en cartuchos gastados, impotentes, derrotados, deprimidos, intentando hacer algo con su vida, sintiendo que sus años hippies fueron un desperdicio. Los demás han llegado mucho más lejos: uno se ha convertido en presidente, otro es alcalde, y la gente empieza a pensar: “Fuimos tontos. No hacíamos más que tocar la guitarra, y todo el mundo nos cogió la delantera”. Se arrepienten. Es muy difícil encontrar a un viejo hippy.

Así que si eres padre necesitarás mucha valentía para no interferir. Abre las puertas a direcciones desconocidas para que el niño pueda explorar. No sabe lo que lleva en sí, nadie lo sabe. Tiene que buscar a tientas en la oscuridad. No permitas que tenga miedo de la oscuridad, que tenga miedo a equivocarse, que tenga miedo a lo desconocido. Apóyalo. Cuando se dirija a un viaje a lo desconocido, deja que se vaya y dale todo tu apoyo, todo tu amor, tus bendiciones. No dejes que le afecten tus miedos. Puede que tengas miedo, pero guárdatelo para ti. No transmitas esos miedos al niño porque estarás interfiriendo.

Después de los siete, el siguiente ciclo de los siete a los catorce, aporta un nuevo añadido a la vida. El niño empieza a experimentar con sus incipientes energías sexuales, pero no es más que un ensayo. Ser padre es una tarea difícil, así que a menos que estés preparado para llevar a cabo esta ardua tarea no te conviertas en padre. La gente sigue convirtiéndose en padres y madres sin saber qué están haciendo. Estás trayendo una nueva vida al mundo; será necesario extremar el cuidado. Cuando el niño empieza a realizar sus experimentaciones sexuales es cuando los padres más interfieren, porque con ellos también interfirieron.

Lo único que saben es lo que hicieron con ellos, así que se limitan a repetirlo con sus hijos. Las diversas sociedades no permiten la experimentación sexual, o al menos no lo han permitido hasta ahora, e incluso hoy en día solo se permite en países muy desarrollados. Al menos ahora los niños y las niñas se educan en los mismos colegios. Pero en un país como la India, aún hoy, en la mayoría de las ciudades la educación mixta no comienza hasta la universidad. Un niño y una niña de siete años no pueden estar en el mismo internado. Y sin embargo, este es el momento sin que haya ningún riesgo, sin que la niña se quede embarazada, sin que surja ningún problema para sus familias en el que se les debe permitir todo tipo de juegos. Sí, tendrán cierto matiz sexual, pero será un ensayo; no será la auténtica representación.

Si no les permites ni siquiera que ensayen y de repente un día sube el telón y comienza la representación, los actores no sabrán qué es lo que está pasando; no tendrán ni siquiera un apuntador que les diga qué tienen que hacer. Habrás arruinado completamente sus vidas. Esos siete años en el segundo ciclo de la vida son muy importantes como período de ensayo. Los niños se conocerán, se mezclarán, jugarán e intimarán. Y eso ayudará a que la humanidad elimine casi el noventa por ciento de sus perversiones.

Si desde los siete a los catorce años se permite que los niños estén juntos, naden juntos, estén desnudos los unos frente a los otros, desaparecerán el noventa por ciento de las perversiones y de la pornografía. ¿Quién se va a interesar por ello? Si un chico ha visto a muchas chicas desnudas, ¿qué interés puede tener en una revista como Playboy? Si una chica ha visto a muchos chicos desnudos, no creo que haya ninguna posibilidad de que sienta curiosidad por otros; esta simplemente desaparecerá. Crecerán juntos de forma natural, no como dos especies animales diferentes.

Así es como crecen ahora mismo, como si fueran dos especies animales distintas. No pertenecen del mismo modo al género humano; se les mantiene separados. Las mil barreras que existen entre ellos les impiden realizar ningún ensayo para su futura vida sexual. Es por no realizar ese ensayo, por lo que en la vida sexual de la mayoría de las persona faltan los juegos preliminares previos al acto sexual. Y los juegos preliminares son muy importantes, mucho más importantes que el verdadero contacto sexual, porque éste solo dura unos minutos. No es un alimento, simplemente te deja a la expectativa.

Lo deseabas mucho, pero no ha surgido nada. En hindi tenemos un refrán: Kheela pahad nikli chuhia. “Horadaste toda la montaña y te encontraste una rata.” Después de todo el esfuerzo ir al cine y a la discoteca, ir a comer fuera y hablar de tonterías de las que ni tú ni la otra persona queréis hablar, pero de las que estáis hablando horadar la montaña para al final encontrar ¡solo una rata! No hay nada más frustrante que el sexo. Precisamente el otro día alguien me enseñó el anuncio de un coche nuevo; en el anuncio había una frase que me gustó. La frase era: “Es mejor que el sexo”. ¡Me da igual el coche, pero el anuncio era muy bueno! Sin duda, si echas un vistazo a tu alrededor, encontrarás mil cosas mejores que el sexo.

El sexo no es más que una rata, y después de tantos jadeos y resoplidos, de tantos sudores, al final ambos os sentís estafados. Esto se debe a que no conoces el arte del sexo; solo conoces la parte central. Es como si vieras únicamente unos segundos a la mitad de una película. Evidentemente, no entenderías nada; te faltaría el principio y el final. Puede que solo vieras unas escenas en las que no pasaba nada. El hombre se siente avergonzado después del sexo; se da la vuelta y se pone a dormir. Sencillamente, no puede enfrentarse a la mujer. Se siente avergonzado, por eso se da media vuelta y se echa a dormir.

La mujer gime y llora porque eso no era lo que esperaba. ¿Eso es todo? Entonces, ¿a qué viene tanto revuelo? El problema es que la sociedad ha eliminado de tu vida la parte del ensayo. No sabes qué son los juegos preliminares. En realidad, los juegos preliminares son la parte más satisfactoria del sexo. En los juegos preliminares hay más cariño. El sexo no es más que un clímax biológico, pero el clímax ¿de qué? Te has perdido todo lo que llevaba al clímax. ¿Crees que se llega de repente a él sin pasar por todos los peldaños de la escalera? Tienes que subir la escalera, peldaño a peldaño, solo entonces podrás alcanzar el clímax. Sin embargo, todo el mundo va directamente al clímax.

Para la mayor parte de las personas la vida sexual no es más que una especie de alivio. Sí, por un momento te sientes aliviado de un peso, como un buen estornudo. ¡Qué bien se siente uno después! Pero ¿durante cuánto tiempo? ¿Durante cuánto rato te sientes bien después de un estornudo? ¿Durante cuántos segundos, durante cuántos minutos puedes alardear “He estornudado... ¡Ha sido increíble!”? En cuanto se acaba el estornudo, se acaba el placer. Simplemente había algo que te estorbaba.

Has eliminado ese estorbo, así que ahora estás más relajado. Así es la vida sexual de la mayoría de las personas. Había una energía que te estaba estorbando, que estaba haciendo que te sintieras pesado; estabas empezando a tener dolor de cabeza. El sexo te alivia. Pero tal como se educa a los niños, prácticamente se les arruina la vida. Esos siete años de experimentación sexual son completamente necesarios. Las chicas y los chicos deberían estar juntos en los colegios, en las residencias, en las piscinas y en las camas. Deberían ensayar la vida que está por venir; tienen que prepararse para ella.

Y no hay peligro, no hay ningún problema si a un chico se le da total libertad para explorar su energía sexual creciente y no se le condena, no se le reprime. Pero eso es lo que se está haciendo. Vives en un mundo muy extraño. Naces del sexo, vives para el sexo y tus hijos nacen del sexo; sin embargo, el sexo es lo que más se condena, el mayor pecado. Todas las religiones se dedican a llenar tu mente con estas estupideces. En todo el mundo, la gente está llena de podredumbre, por la sencilla razón de que no se les ha permitido crecer de forma natural.

No se les ha permitido aceptarse a sí mismos. Se han convertido en fantasmas. No son personas realmente auténticas, solo son sombras de aquello que podían haber sido. El segundo ciclo de siete años es realmente importante porque te preparará para los siguientes siete años. Si has hecho bien tus deberes, si has jugado con tu energía sexual con el espíritu de un deportista y durante esos años será el único espíritu que tengas no te convertirás en un pervertido, y no acudirán a tu mente todo tipo de pensamientos extraños.

Por el contrario, te relacionarás de forma natural con el otro sexo, y el otro sexo se relacionará contigo. No habrá ningún obstáculo, y no harás nada equivocado contra nadie. Tu conciencia estará limpia porque nadie te habrá metido en la cabeza ideas de qué está bien y qué está mal: solo estarás siendo aquello que eres. Después, desde los catorce hasta los veintiún años tu sexo madura. Y es importante que se entienda esto: si el ensayo se ha hecho bien, en los siete años en los que tu sexo madura ocurre algo muy extraño en lo que puede que nunca hayas pensado porque no te han dado la oportunidad de hacerlo. Te he comentado que el segundo ciclo de siete años, desde los siete a los catorce años, te da un destello de los preludios.

El tercer ciclo de siete años te dará un destello de la culminación. Sigues estando con chicas o con chicos, pero ahora comienza una nueva fase de tu ser: empiezas a enamorarte. Todavía no se trata de un interés biológico. No estás interesado en tener niños, no estás interesado en convertirte en marido o en esposa, no. Estos son los años del juego romántico. Estás más interesado en la belleza, en el amor, en la poesía, en la escultura, que son diferentes fases del romanticismo. Y a menos que una persona tenga cierto romanticismo nunca sabrá qué es la culminación. El sexo se halla justo en la mitad.

Cuanto más largo sea el preludio, más posibilidades habrán de alcanzar el clímax; cuantas más posibilidades tengan de alcanzar el clímax, mejor será el inicio de la culminación. Si una pareja no conoce la culminación nunca sabrá qué es el sexo en su totalidad. Ahora hay sexólogos que enseñan a practicar los preludios amorosos. Un preludio enseñado no es auténtico, pero lo están enseñando; al menos han reconocido que sin preludios no se puede alcanzar el clímax sexual.

Pero no saben cómo enseñar la culminación, porque una vez que el hombre alcanza el clímax, pierde el interés. Ya ha terminado, ha hecho su trabajo. Para que se produzca la culminación hace falta una mente romántica; poética, una mente que sepa mostrar agradecimiento, que sepa dar las gracias. La persona el hombre o la mujer que te ha llevado a ese clímax, necesita cierta gratitud: la culminación es tu gratitud. Si no hay culminación, significa que tu sexo está incompleto; y el sexo incompleto es la causa de todos los problemas del ser humano. El sexo solo puede ser orgásmico cuando se equilibran totalmente el preludio y la culminación.

Únicamente en ese equilibrio se convierte el clímax en un orgasmo. Sin embargo, hay que entender la palabra “orgasmo”. Significa que todo tu ser cuerpo, mente y alma; todo está comprometido, orgánicamente comprometido. Cuando eso ocurre se convierte en un momento de meditación. Si para ti, el sexo no se convierte finalmente en un momento de meditación, no has llegado a conocer lo que es el sexo. Solo has oído acerca de él, has leído hablar de él; y las personas que han escrito al respecto no saben nada. He leído cientos de libros de sexología escritos por personas a las que se considera grandes expertos, y son “expertos”, pero no saben nada sobre el santuario interior en el que florece la meditación. Al igual que los niños nacen del sexo ordinario, la meditación nace del sexo extraordinario.

Los animales pueden tener crías; no hay nada de particular en ello. Pero solo el hombre puede producir la experiencia de la meditación como centro de su sentimiento orgásmico. Esto solo es posible si se permite a los jóvenes que tengan una libertad romántica desde los catorce hasta los veintiún años. Desde los veintiún a los veintiocho años es la época en la que quizá se asienten. Pueden elegir una pareja. Y ahora están capacitados para elegir; después de la experiencia adquirida en los dos anteriores ciclos de crecimiento pueden elegir la pareja adecuada.

No hay nadie que pueda hacerlo por ti. Es como una corazonada; no tiene que ver con la aritmética, ni con la astrología, ni con la quiromancia, ni con el I Ching; nada de eso servirá. Es una corazonada. Después de entrar en contacto con muchísimas personas, de repente, hay algo que hace clic y que no ha hecho clic con nadie más. Hace clic con tal seguridad, y de una forma tan rotunda, que no puedes dudar de ello. Es una certeza tan grande que aunque quieras dudar de ella no puedes. Con este clic te asientas.

Si todo se produce sin complicaciones, tal como estoy diciendo, sin que los demás interfieran, llega un momento entre los veintiún y los veintiocho años en que te estabilizas. El período más agradable de la vida se produce entre los veintiocho y los treinta y cinco años; el más dichoso, el más pacífico y armonioso, porque dos personas empiezan a fundirse y a disolverse la una en la otra. Desde los treinta y cinco a los cuarenta y dos, se produce una nueva etapa, se abre una nueva puerta. Si hasta los treinta y cinco habéis sentido una profunda armonía, un sentimiento orgásmico y habéis descubierto la meditación a través de él, desde los treinta y cinco a los cuarenta y dos os ayudaréis el uno al otro a acercaros cada vez más a la meditación sin sexo, porque al llegar a este punto el sexo empieza a parecer infantil, juvenil.

Los cuarenta y dos años es la edad en la que una persona debería ser capaz de saber exactamente quién es. Desde los cuarenta y dos a los cuarenta y nueve sigue profundizando en la meditación, cada vez más dentro de sí mismo, y ayuda a su pareja a hacer igual. Los miembros de la pareja se convierten en amigos. Ya no hay un “marido” y una “esposa”; ese tiempo pasó. Derramó su riqueza en tu vida; ahora está creciendo algo que es incluso superior al amor. Es la amistad, una relación compasiva para ayudar a que la otra persona profundice en sí misma, que sea más independiente, que sea más solitaria, exactamente como dos árboles altos que se yerguen separados pero a la vez cercanos entre sí, o dos pilares de un templo que soportan el mismo techo; permanecen muy cerca, pero a la vez muy separados, independientes y solos.

Desde los cuarenta y nueve a los cincuenta y seis años esta soledad se convierte en el centro de tu ser. Todo lo demás pierde sentido. Lo único importante que queda es esta soledad. Desde los cincuenta y seis a los sesenta y tres años te conviertes plenamente en aquello que vas a ser; florece el potencial; y desde los sesenta y tres hasta los setenta empiezas a prepararte para abandonar el cuerpo. Ahora ya sabes que tú no eres el cuerpo, también sabes que tú no eres la mente. Cuando tenías más o menos treinta y cinco años supiste que el cuerpo era algo separado de ti. Y supiste que la mente era algo separado de ti cuando tenías más o menos cuarenta y nueve años.

Ahora desaparece todo lo demás excepto el yo observador. Solo permanece contigo la pura conciencia, la llama de la conciencia; y esta es la preparación a la muerte. La duración natural de la vida de los seres humanos es de setenta años. Si todo sigue este curso natural uno muere sintiendo una gran alegría, un gran éxtasis, sabiéndose inmediatamente bendecido porque la vida no haya carecido de sentido, porque al menos uno haya encontrado su hogar. Y gracias a esta riqueza, a esta plenitud, uno es capaz de bendecir toda la existencia.

El mero hecho de estar cerca de una persona así en el momento de su muerte supone una gran oportunidad. A medida que la persona abandona el cuerpo, sentirás como si estuvieran cayendo sobre ti flores invisibles. Aunque no seas capaz de verlas, podrás sentirlas. Es una alegría absoluta, tan pura que aunque solo la saborees unos instantes transformará toda tu vida.
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Acerca de Elmer Escobedo

Sólo un ciego puede definir fácilmente qué es la luz. Cuando no sabes, eres atrevido. La ignorancia siempre es atrevida; el conocimiento duda. Y cuanto más sabes, más sientes que se disuelve el suelo bajo tus pies.

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