La Llama de la conciencia

La Llama de la conciencia

UNA PERSONA ME HA PREGUNTADO: “¿Cómo se puede iniciar el viaje al amor?”. En cuanto haces esa pregunta ya ha comenzado el viaje; estás en marcha. Hay que reconocer que, de forma inconsciente, estás en marcha: por eso parece como si tuvieras que comenzar el viaje. Reconócelo, sé consciente de ello, y el propio reconocimiento se convertirá en el comienzo.

Continuamente estás moviéndote, yendo a algún lado consciente o inconscientemente, queriendo o sin querer, pero lo estás haciendo, en tu interior hay una gran fuerza que está constantemente trabajando. La existencia está evolucionando, está continuamente creando algo en tu interior. Así que la cuestión no es cómo iniciar el viaje, sino cómo reconocerlo. Está ahí pero tu reconocimiento no está ahí. Por ejemplo: los árboles mueren, pero ellos no lo saben. 

Los pájaros y los animales mueren, pero ellos no lo saben. Solo los seres humanos saben que tienen que morir, e incluso ese conocimiento es muy borroso, no está claro. Lo mismo ocurre con la vida; los pájaros están vivos pero ellos no saben que están vivos. ¿Cómo puedes conocer la vida si desconoces la muerte? ¿Como puedes saber que estás vivo si no sabes que vas a morir? Ambos reconocimientos se producen a la vez. Los pájaros, los animales y los árboles están vivos, pero ellos no reconocen que están vivos.

El ser humano reconoce, parcialmente, que va a morir, pero ese reconocimiento permanece borroso, oculto tras una densa niebla. Y lo mismo ocurre con la vida: tú estás vivo, pero no sabes exactamente qué significa estar vivo. Eso también está algo borroso, poco claro. Cuando digo reconocimiento me refiero a estar alerta de qué es esa energía vital, que ya está en el camino. Ser conscientes de nuestro propio ser supone el comienzo del viaje hacia el amor. El final del viaje consiste en llegar a un punto en el que estás tan absolutamente alerta que a tu alrededor no existe ni un solo rincón de oscuridad. Aunque de hecho, el viaje nunca comienza ni nunca termina. Continuarás incluso una vez que eso ocurra, pero entonces el viaje tendrá un significado completamente distinto, estará dotado de una cualidad completamente distinta: será una absoluta dicha. 

Ahora mismo es un absoluto suplicio. “¿Cómo se puede iniciar el viaje al amor?” Permanece alerta ante tus acciones, tus relaciones, tus movimientos. Hagas lo que hagas, aunque sea algo tan corriente como andar por la calle, intenta estar alerta. Intenta dar cada paso con absoluta conciencia. Buda solía decir a sus discípulos: “Cuando deis un paso con el pie derecho, recordad, ahora estoy adelantando el pie derecho; cuando deis un paso con el pie izquierdo, recordad, ahora estoy adelantando el pie izquierdo. Cuando inspiréis, recordad: Ahora estoy inspirando. Cuando expiréis, recordad: Ahora estoy expirando”. No es necesario que lo verbalices. No tienes que pronunciar las palabras: “Ahora estoy inspirando”, únicamente tienes que estar alerta de que en ese momento está entrando el aire. 

Yo estoy hablando contigo y por eso tengo que utilizar palabras, pero cuando estás alerta no necesitas pronunciar ninguna palabra, porque las palabras forman parte de la niebla. No pronuncies ninguna palabra, limítate a sentir cómo el aire entra y llena tus pulmones, y cómo después estos se vacían. Simplemente observa, y pronto llegarás a un reconocimiento, a un gran reconocimiento de que no es únicamente la respiración lo que entra y sale sino la vida misma. Con cada inspiración, la vida te está infundiendo su energía. Cada expiración es una muerte momentánea. Con cada respiración mueres y vuelves a renacer, cada respiración es una crucifixión y una resurrección. Si la observas, llegarás a experimentar una maravillosa sensación de confianza.

Cuando expiras, no existe la certeza de que vuelvas a ser capaz de inspirar. ¿Qué certeza hay? ¿Quién te lo garantiza? ¿Quién puede garantizar que seas capaz de volver a inspirar? Sin embargo, en el fondo confías en ello; sabes que volverás a inspirar. De lo contrario respirar se convertiría en algo imposible. Si tuvieras tanto miedo “¿Quién sabe? Si expiro todo el aire, y sufro esta pequeña muerte, ¿qué certeza hay de que pueda inspirar otra vez? Si no voy a ser capaz de volver a inspirar, es mejor que no expire”, ¡morirías inmediatamente! Si dejas de expirar, morirás. Pero no haces eso porque existe una profunda confianza. Esa confianza forma parte de tu vida, forma parte del amor. Nadie te lo ha enseñado.

Cuando un niño empieza a andar, tiene la profunda confianza de que será capaz de andar. Nadie le ha enseñado. Únicamente ha visto andar a los demás, eso es todo. Pero ¿cómo puede llegar a la conclusión de que será capaz de andar? Es tan pequeño... Y las personas son realmente grandes, son gigantes comparadas con él; él sabe que cada vez que se pone de pie se cae, pero a pesar de ello lo intenta. La confianza es algo innato. Está en cada célula de vida. El niño lo intenta, y se caerá muchas veces, pero volverá a intentarlo una y otra vez. Un día la confianza vencerá y empezará a andar.

Si observas tu respiración serás consciente de la presencia de una profunda capa de confianza, una confianza sutil en la vida; sin dudas, sin vacilaciones. Si caminas, y lo haces estando alerta, poco a poco serás consciente de que no eres tú quien está caminando sino que “te están caminando”. Es una sensación muy sutil de que es la vida la que se mueve a través de ti; no eres tú quien se mueve. Cuando tienes hambre, si eres consciente, verás que es la vida la que se siente hambrienta en tu interior, no eres tú quien tiene hambre.

Empezar a estar más alerta hará que seas consciente de que solo hay una cosa de la que puedas decir que es tuya: la contemplación. Todo lo demás pertenece al universo; solo la contemplación te pertenece. Pero cuando eres consciente de la contemplación, incluso se disuelve la idea de “yo”. Eso tampoco te pertenece. Formaba parte de la oscuridad, de las nubes que se habían acumulado a tu alrededor. A plena luz, cuando se abre el cielo, han desaparecido las nubes y brilla el sol, no existe ninguna posibilidad de que surja la idea de ser “yo”. Entonces solo existe la contemplación; nada te pertenece. La contemplación es el objetivo del viaje.

¿Cómo iniciar el viaje? Empieza a contemplar cada vez más. Hagas lo que hagas, hazlo de manera profundamente alerta; de ese modo, hasta las cosas más nimias se vuelven sagradas. De ese modo, cocinar o limpiar se convierte en algo sagrado, en un acto de adoración. No se trata de qué hagas, se trata de cómo lo hagas. Puedes fregar el suelo como un robot, mecánicamente; tienes que fregarlo y por eso lo friegas. Pero así te pierdes algo maravilloso. Así, malgastas esos momentos en los que únicamente estás fregando el suelo. Fregar el suelo podía haber sido una experiencia increíble pero te la has perdido. 

Ahora el suelo está limpio, pero algo que podía haber ocurrido en tu interior no ha ocurrido. Si hubieras sido consciente, no solo el suelo sino también tú habrías sentido una profunda limpieza. Friega el suelo de forma absolutamente consciente, radiante de conciencia. Trabaja, siéntate o camina, pero tiene que haber un hilo conductor: haz que en tu vida haya cada vez más momentos radiantes de conciencia. Permite que la llama de la conciencia arda a cada instante, en cada acto. La iluminación consiste en el efecto acumulativo. El efecto acumulativo, todos esos momentos juntos, todas esas pequeñas llamas juntas, se convierten en una gran fuente de luz.
Compartir en Google Plus

Acerca de Elmer Escobedo

Sólo un ciego puede definir fácilmente qué es la luz. Cuando no sabes, eres atrevido. La ignorancia siempre es atrevida; el conocimiento duda. Y cuanto más sabes, más sientes que se disuelve el suelo bajo tus pies.

0 comentarios:

Publicar un comentario